jueves, 2 de agosto de 2007

Precordillera en Linares

Un solitario descenso


Ese día amenció totalmente despejado. Esperaba ese clima desde un muy buen rato. La lluvia que se había dejado caer los días anteriores a mi llegada no me permitió hacer mucho más que conversar y esperar a que se calmara la tormenta.



Luego de haber pedaleado irregularmente en el viaje a las palmas me sentía un poco inseguro de poder hacer el recorrido ida y regreso desde Linares hasta Pejerrey. Por lo mismo y para tranquilidad de mis seres queridos, decidí llegar en un bus de recorrido rural. Una vez adentrado en la precordillera volvería casi en un descenso continuo hasta Linares.




El bus salía a las 11; 00. Me monté en él luego de negociar la tarifa con el chofer. Me cobro solo el pasaje y omitió la presencia de mi “alumínica” compañera.



Acomodé la bici lo mejor que pude y me dediqué a contemplar por la ventana los campos y casas que ya antes había experimentado desde el sillín. Lo cierto es que desde hace algún tiempo que vengo recorriendo estos caminos precordilleranos en los alrededores de Linares. Solo algunas personas subieron. Me dediqué a recordar como sería el camino de regreso y cuantas horas, de estar en buenas condiciones el camino, nos demoraríamos en regresar.

En el ascenso me percaté que muchas partes del camino estaban cubiertas de una delgada capa de barro. Al llegar al final del recorrido del bus era mi turno de demostrar mis habilidades. Bajé velozmente y comencé a preparar mi equipo para iniciar la aventura. Puse un poco e aire en las ruedas, me acomodé el casco, los guantes que me compré la semana pasada, unos lentes transparentes para el barro y empecé a avanzar con mi cámara fotográfica y mis deseos de sentir la velocidad del descenso.

Al poco andar y antes de llegar al pueblo de Pejerrey (que aparece en los mapas como Aduana Pejerrey) encontré uno de los primeros lugares interesantes. Unas grandes erosiones naturales que el río Achibueno ha creado con el paso de los siglos. Me llamó mucho la atención como este espectáculo se encontraba solo a unos metros del camino. Incluso a mi me costo acércame al borde sin sentir miedo de caer al caudal que no se veía nada cerca.

Continué bajando y llegue al pueblo de Pejerrey, este caserío cobra vida principalmente en verano, pero en estas fechas algunas personas que se atreven a vivir aisladamente en este sector; dan vida a sus caminos y pequeños negocios. En la mitad del pueblo una calle muy corta termina directamente en el río. En este lugar se forma un estrecho cajón rocoso. Para poder cruzar solo existe una especie de carrito para dos personas suspendido en una línea de acero. Con una particular herramienta que presiona el grueso cable la gente se mueve de una ladera a la otra. Mi mujer, en viajes anteriores realizados al lugar, me contó que mucha gente ha perdido dedos y muchas llaves han caído al caudal. Es una historia trágica pero que demuestra los riesgos de vivir en estos hermoso y lejanos lugares.



Tenía que seguir viajando. Muchos árboles nativos saludaban mi paso por los caminos de tierra y barro. Algunos de estos árboles se encuentran sin hojas por motivos naturales, es decir; pierden las hojas por encontrarse en invierno. En algunos lugares se apreciaba el efecto de la ocupación de los cerros por introducidos pinos insigne (que tiene su procedencia en Norteamérica), los que ofrecen un mas rápido crecimiento que los autóctonos representantes como el Hualo (Nothofagus glauca) y el Roble (Nothofagus oblicua). La principal diferencia es la calidad de sus maderas, los primeros poseen fibras menos densas que los segundos. Esto hace que la dureza y resistencia del pino sea mucho inferior a la de los Nothofagus, pero en cambio, es mucho más rápido el crecimiento de estos bosques introducidos, que generan trabajos y madera barata para la construcción y la fabricación de productos derivados como el papel.

Lo penoso es ver como día a día el bosque nativo retrocede hacia los cerros más elevados, llenando la vista de los visitantes con pinos. Un poco más abajo de Pejerrey estaba el camino que deriva hacia otro interesante lugar denominado por los habitantes de estos sectores: Vega de Salas. Espero alguno de estos días mostrarles como es la vista desde este hermoso cajón cordillerano. Pero tenía que seguir. Seguí raudo y al poco andar llegué al sector de “la Pasarela”. En ese mismo momento me percate de que las obras de ensanchamiento del camino habían acabado con unos hermosos árboles que crecían apaciblemente en la rivera del río y también otros que se encontraban en la ladera opuesta de la pista. Incluso crecían entre esta vegetación hermosas flores de copihue (flor nacional de Chile). Me pregunte en ese momento ¿Qué pretenderían hacer los “grandes constructores” con la erosión que causaría el desnudar la ladera del cerro?, espero que tengan algún plan inteligente (por lo menos que no sea la plantación de pinos.

La pasarela es un hermoso puente construido sobre le río Achibueno para unir sus riveras y de paso conectar a las personas que viven en ambas comunas, pues, el sector por donde se encuentra el camino principal pertenece a la comuna de Linares y la otra orilla es de la comuna de Longaví.



Devuelta a la ruta me encontré con varios desmoronamientos en partes del camino que curiosamente eran las que ya se habían ensanchado. En una de estas una gran piedra ocupaba gran parte de la calzada. Una gran maquina traba de quitarla del camino usando una piola de acero.

Luego de ese espectáculo me di cuenta que la mayor parte del barro en el camino era producto de la gran erosión de las laderas deforestadas. Parte de los pequeños caudales que terminaban en el Achibueno arrastraban el lodoso color de los cerros. En partes era tal la cantidad de material que a ratos el río tornaba en color café con leche.

Continué bajando y recordando como hace un año había recorrido este mismo camino con mi esposa. Nos demoramos especialmente en la parte de los ascensos pero de vuelta ella saco gran ventaja. Pensaba también en los calambres que esta vez no me acompañaron. Creo que ellos fueron uno de los mejores indicadores de que mi vuelta a las pistas debía ser mas gradual.

Luego de una cuantas subidas y bajadas llegue a Llepo, que es un pequeño lugar que indica el inicio de la precordillera linarense. En uno de los recovecos del camino existe una escuela que esta enclavada entre los cerros. Tiene uno de los mejores patios si la botánica es lo que te gustaría conocer.

Pronto encontré el camino de asfalto. Me llamó la atención que yuntas de bueyes cargadas de restos de algún vegetal que desconocí, pasaran en gran número en dirección hacia la cordillera. En Linares me enteré que la gente cordillerana usaba esos restos para alimentar a los mismos bueyes.
Ya cerca del la ciudad paré para comer una banana que llevaba en mi bolso. Cundo no se porque mire hacia atrás vi el majestuoso Nevado Longaví como despidiéndose de mí.