Un dolorido pero meritorio viaje
Desde hace tiempo que venía escuchado hablar de ese lugar. Cuando era adolescente nunca pude calzar con los viajes que mis compañeros “biker” realizaban a esas “cuestas y senderos olvidados de los mapas”. Una vez me llamó profundamente la atención que uno de aquellos bikers que pudo sobrevivir al viaje me contara que, al llegar a un lugar muy recóndito se podían ver palmas, muchas y de diversas complexiones. En ese entonces mi interés por las características y ubicación geográfica de las palmas era solo por mera curiosidad, pero ya albergaba en mí el “genio maligno” que me obligaría a estudiar el género y las especies de las plantas para luego buscar esos lugares olvidados e identificarlas personalmente.
Ya bien crecidito, pude comprobar mis teorías. Las palmas que se ubicaban entre los cerros lejanos debían ser unas de las últimas, si es que no las últimas, de los pocos ejemplares de Jubeae chilensis o palma chilena que naturalmente crecen todavía en Chile. Digo naturalmente pues uno perfectamente puede plantarlas en el ante jardín o en patio de la escuela; pero eso es producto de la manipulación humana. En la naturaleza estas palmas, que son las que de su familia crecen más australmente (más hacia el sur), se podían encontrar desde la cuarta región hasta la séptima. Sin embargo por el uso de su sabia para la fabricación de “miel de palma” y la transformación de sus terrenos naturales para la agricultura y el asentamiento humano; quedaron reducidas a unos escasos grupos de sobrevivientes. De allí la importancia de este viaje. Deseaba saber si estas palmas estaban todavía allí, pero ese era el primer problema a sortear: ¿Dónde era allí?.
Algunos decían que se podía llegar desde “Comalle”, otros que era mejor desde “La Palmilla”, pero sin duda había algo claro: este lugar se encontraba en el límite regional entre la séptima y la sexta región. En esta zona no hay caminos que aparezcan en los mapas convencionales, además, usando Google earth tampoco quedaba clara la ubicación. En Internet encontré un página: http://www.palmar.cl/ muy buena, sobretodo porque además de obtener información sobre Jubeae chilensis: puedes ver los lugares donde actualmente se encuentra sus últimos representantes naturales. Había allí una referencia al “Fundo la Candelaria”, hasta un mapa (sin caminos que indicaran como llegar), pero lo más importante: las coordenadas espaciales del buscado sitio. Por esas indicaciones, con mi compañero Javier Poblete, llegamos a identificar una ruta. Javier sin embargo desconfiaba aún y recordó que un amigo y compañero de trabajo suyo; Juan Carlos, sabía donde quedaba este lugar y de hecho, una vez luego de un espectacular pinchazo se perdió por esos lares sin mas compañía que su bicicleta.
Decidimos que lo mejor era viajar el domingo 15 de Julio, pues el día siguiente sería feriado. Unos días antes me llamo mi compañero y me dijo que además de Juan Carlos irían con nosotros otros dos amigos que estaban muy entusiasmados con el viaje épico que nos proponíamos.
Ese día domingo llegué temprano a casa de Javier y ordenamos nuestras bicis en la parte trasera de su camioneta. Pasamos por Juvenal que era uno de los amigos y nos fuimos en dirección hacia “El Llano” (una localidad cercana a Rauco) lugar donde vivía el otro amigo llamado Pablo.
Ya bien crecidito, pude comprobar mis teorías. Las palmas que se ubicaban entre los cerros lejanos debían ser unas de las últimas, si es que no las últimas, de los pocos ejemplares de Jubeae chilensis o palma chilena que naturalmente crecen todavía en Chile. Digo naturalmente pues uno perfectamente puede plantarlas en el ante jardín o en patio de la escuela; pero eso es producto de la manipulación humana. En la naturaleza estas palmas, que son las que de su familia crecen más australmente (más hacia el sur), se podían encontrar desde la cuarta región hasta la séptima. Sin embargo por el uso de su sabia para la fabricación de “miel de palma” y la transformación de sus terrenos naturales para la agricultura y el asentamiento humano; quedaron reducidas a unos escasos grupos de sobrevivientes. De allí la importancia de este viaje. Deseaba saber si estas palmas estaban todavía allí, pero ese era el primer problema a sortear: ¿Dónde era allí?.
Algunos decían que se podía llegar desde “Comalle”, otros que era mejor desde “La Palmilla”, pero sin duda había algo claro: este lugar se encontraba en el límite regional entre la séptima y la sexta región. En esta zona no hay caminos que aparezcan en los mapas convencionales, además, usando Google earth tampoco quedaba clara la ubicación. En Internet encontré un página: http://www.palmar.cl/ muy buena, sobretodo porque además de obtener información sobre Jubeae chilensis: puedes ver los lugares donde actualmente se encuentra sus últimos representantes naturales. Había allí una referencia al “Fundo la Candelaria”, hasta un mapa (sin caminos que indicaran como llegar), pero lo más importante: las coordenadas espaciales del buscado sitio. Por esas indicaciones, con mi compañero Javier Poblete, llegamos a identificar una ruta. Javier sin embargo desconfiaba aún y recordó que un amigo y compañero de trabajo suyo; Juan Carlos, sabía donde quedaba este lugar y de hecho, una vez luego de un espectacular pinchazo se perdió por esos lares sin mas compañía que su bicicleta.
Decidimos que lo mejor era viajar el domingo 15 de Julio, pues el día siguiente sería feriado. Unos días antes me llamo mi compañero y me dijo que además de Juan Carlos irían con nosotros otros dos amigos que estaban muy entusiasmados con el viaje épico que nos proponíamos.
Ese día domingo llegué temprano a casa de Javier y ordenamos nuestras bicis en la parte trasera de su camioneta. Pasamos por Juvenal que era uno de los amigos y nos fuimos en dirección hacia “El Llano” (una localidad cercana a Rauco) lugar donde vivía el otro amigo llamado Pablo.
Javier me dijo que Juan Carlos, que era un ciclista avezado, llegaría un poco más tarde pues el se vendría desde Curicó en bici. Una vez luego de recoger a Pablo continuamos viaje hasta llegara a la “Palmilla”, allí dejo Javier la camioneta, bajamos las bicis y partimos hacia nuestra aventura.
Según cálculos de los lugareños el lugar hacia el que nos dirigíamos se encontraba a unos 30 kilómetros atravesando los cerros. Fue en una de las conversaciones previas cuando el papá de Pablo nos advirtió que tal vez estábamos equivocando el camino. Él había vivido largo tiempo en esas alturas y nos señaló que el lugar al que nosotros íbamos se llamaba “Cerro Negro”. Además nos dijo que había otro sitio llamado candelaria pero que no era solo uno sino tres. Esto se complicaba, así que pensé profundamente y me dije a mi mismo; mismo, debemos esperar a Juan Carlos.
Rodando en dirección hacia el lugar que creíamos era el correcto, pasamos por el “tranque de la Palmilla”. Pablo nos dijo que el nivel del agua era muy bajo, cosa que no era de extrañar por el año seco por el estamos pasando.
Continuamos la ruta y el camino poco a poco comenzó a exigirnos más.
A algunos nos costó un poco al comienzo, pero llegando arriba nos sentimos más repuestos. Allí tuvimos que atravesar la primera cerca que indicaba que el lugar era propiedad de una viña.
Me di cuenta de que a esa altura la Cordillera de los Andes se veía muy hermosa y no aparentaba estar tan lejos.
La vegetación que nos rodeaba no difería mucho de la vegetación cercana a la ciudad e Curicó. La diferencia es que la altura y encajonamiento de algunos cerros producía que las nubes quedaran atrapadas en las quebradas, lo que provocaba gran humedad en algunos sectores.
Aprovechamos de hidratarnos en una especie de sede que tenía un cartel del gobierno, dando constancia de algunas obras destinadas a mejorar la agricultura del lugar.
Continuamos por algunos llanos que, cubiertos de espinos y quillayes, no daban señales de palmas. De pronto, como surgida de la nada una inmensa casa patronal (muy vieja) apareció ante mis ojos. En ella se destacaba una gran palma, era una Jubeae.
Avanzamos varios kilómetros y de pronto pude ver a lo lejos unas incipientes palmas que se asomaba en un cerro.
Desde donde estábamos nosotros no se podía cruzar hacia el palmar mismo pues se interponía un estero rodeado de matorrales.
En los cerros se podía apreciar como las palmas habían ocupado las quebradas.
Esto a mi juicio se debe a que en la antigüedad este lugar donde estábamos parados también fue parte del palmar, lo que permitió que esas ultimas palmas crecieran hasta llegar a la cima del hoy árido peñasco.
Nos alimentamos y rehidratamos. Decidimos volver y dejar atrás a estas últimas representantes de tan bella familia.
Continuamos pedaleando hasta el sector donde había quedado la camioneta, pero mis dolores no me permitieron llevar el ritmo de los adelantados y quedé nuevamente al medio. Esta vez en el plano, solo apreciaba las luces de los postes distantes. En un momento mi soledad fue tal que pensé que producto de la oscuridad había errado el camino. No sabía si detenerme o continuar. Asumí que de seguir y comenzar nuevamente a subir me devolvería a buscar a mis compañeros (pues sabia que todo lo que quedaba de camino debía de ser en bajada). Sin embargo antes de terminar la idea un fuerte y terrorífico ruido me sobresalto…solo atiné a tomar fuerte la bici e interponerla entre lo que había escuchado y yo. Cuando volvió a sonar el extraño y aterrador sonido, clarifiqué inmediatamente que se trataba de un equino que, interrumpido por mi paso nocturno (aun que traté de ser lo más sigiloso): había despertado tan sobresaltado como yo al escucharlo al él. Pronto aparecieron mis colegas que venían más atrás. Llegamos a la camioneta y nos sentimos muy aliviados. Era el tiempo de volver a nuestros hogares y tomar la merecida ducha que esperábamos hace rato.
Según una prospección forestal del año 89, cerca de Botalcura (una localidad de los cerros aledaños a Talca) existían todavía en ese lugar ejemplares naturales y aislados de palma chilena. De ser verdadero tal dato y, conservarse aún estos ejemplares: serían los más australes de su especie. Pero eso es otro viaje y también otra aventura.







