viernes, 6 de julio de 2007

Reserva Los Queules

Cuando perdí a una gran compañera


Este no fue mi primer viaje ni tampoco el último, pero sirve para expresar el espíritu que mueve a estas aventuras.


La verdad es que planifique este viaje una año antes. Pero por plata no pude ir hasta que encontré financiamiento. en esa época estaba empeñado en la creación de una guía que ayudara a una fácil identificación de árboles y plantas nativas de la séptima región. La oportunidad de visitar la reserva de los Queules era la posibilidad de crear una de las mejores fichas de la pretendida guía.

Ese día dormí en Talca, en la casa de mi, en ese entonces novia, esperando el alba para partir con dirección al terminal de buses. No esperé mucho, desperté casi justo para salir a tiempo en mi fiel máquina. Llegué un poco antes de que el bus se olvidara de la importancia de esta expedición. Me acomodé y disfrute de la hora y media de viaje hasta llegara a Cauquenes.

Al llegar al Terminal de la ciudad de Cauquenes noté de inmediato que faltaba algo, la micro que tenía que llevarme a “Chovellen” no estaba y la próxima salía hasta las 12; 30.
Chovellén era un caserío que según los mapas quedaba luego de Curanipe, localidad costera del sur de la séptima región. Lo que sucede, para los que se están preguntando, es que el Queule (Gomortega keule) solo crece en algunas localidades costeras entre la séptima y la octava región.
Hace algunos años, uno de los últimos reductos del Queule en ésta región se declaró reserva nacional. Desde entonces si quieres ver, fotografiar y estar con los Queules tiene que ir a la reserva. Lo demás son un montón de pinos insigne y eucaliptos que tapizan los cerros de la costa. En la antigüedad los bosques nativos cubrían esta zona. Allí crecían Coihues, Avellanos; olivillos, Canelos, Ruíles, Hualos, Robles y un sin número de otras especies. Pululaban pájaros carpinteros, colibríes y otros muchos más. Hoy solo son un recuerdo. Las escasas partes que sostienen algo de vegetación nativa en la costa de la séptima región, están cada día más amenazadas y en serio peligro de desaparecer.
Debía encontrar la reserva, que por lo demás solo mi intuición sabía donde quedaba. Años de viajes planificados sólo con mapas (sin ellos también) me habían enseñado a imaginar los posibles lugares y terrenos que me encontraría. Por lo mismo tenía más-menos una idea de que sería lo que iba a encontrar. Busqué en Internet las fotos que me pudieran decir que clase de lugar era el que visitaba, entre en la página de CONAF donde solo se nombraban algunas indicaciones de como llegar y que tipo de vegetación existía, Busqué en mapas de turismo, cartas geográficas en la universidad y toda clase de ayudas posibles. Hasta le pregunte a un vendedor de cochayuyos si sabía algo del lugar. Realmente había algo de información de los lugares que trataba de anticipar. Pero específicamente de la reserva era casi nada lo que se podía decir. Eso no me desanimó. Tampoco me desanimaron los veinte kilómetros desde Curanipe hasta tregualemo, lugar que supuestamente era la entrada del camino hacia la reserva. Los pronósticos más auspiciosos señalaban que desde ese lugar “el bosque de perros” (tregualemo en mapudungun) habían otros 5 kilómetros de cuestas hasta el ansiado reservorio vegetal. Nada me hacía presagiar que me encontraría en uno de los sectores más hermosos de la costa de la séptima región. Ni tampoco que el esperado camino no sería más que un pista forestal privada. Sin embargo en una de mis acertadas visitas a mapas turísticos, me topé con uno muy bueno. En él aparecían los senderos que desde diversos puntos de las localidades cercanas se conectaban con el camino principal que conducía a la reserva. Por lo mismo, opté por viajar desde Cauquenes hasta Chovellén. Esta aldea era la última que una micro visitaba en su camino hacia el sur. Pensaba que desde allí siguiendo el sendero, ya revisado en el mapa, me sería mucho más fácil llegar a la reserva, que por el contrario: siguiendo el camino de la costa. Mi suposición se basaba en que desde el interior (pues la aldea estaba alejada de la costa) sería mucho menos cansador sortear los cerros que caracterizan el relieve costero en Chile.
Finalmente la micro llegó. La aborde impaciente por llegar luego a Chovellen y desde allí comenzar mi viaje hasta la reserva. Al poco tiempo de haber salido del Terminal un anciano se sentó junto a mí. Me llamó la atención su cara gastada y el típico sombrero que mucha gente usa en localidades campesinas del centro y sur de Chile. Me animé a preguntarle si él era de la zona a lo que me respondió afirmativamente. Le pregunte si había escuchado hablar del Queule, a lo que él respondió con nostalgia; “cuando niños solíamos jugar en los cerros, llenos de árboles y plantas especialmente de robles y canelos” pero me confeso que solo había escuchado del árbol mas no sabría decirme con certeza si lo había conocido. El anciano hombre me contó que era de Pelluhue, Pueblo costero y turístico, también que era pescador y que desde hace mucho tiempo no recorría los cerros, pero sin duda no había que ser adivino para darse cuenta de que “hoy no hay mucho de lo de antes”. Continuamos y la mico pasó por Pelluhue y Curanípe, luego siguió su camino hacia el sur, todo por un hermoso camino costero. Enseguida noté que la micro se vació por completo. El chofer comenzó a mirar por el espejo retrovisor como queriendo decir que era suficiente y el recorrido solo lo estaba haciendo por mí. Finalmente luego de torcer a mano izquierda entramos a un camino de tierra, rodeado de cultivos y suaves pendientes. Algunas casa asomaron y pude entender que ese era el afamado lugar llamado Chovellen. La micro se detuvo y me señalo que no seguía más. Era mi turno.

Al bajar mi primera impresión fue notar que a pesar de las casas circundantes no había gente en el callejón. Traté de preguntar en una casa inmediatamente al lado de donde la micro se había marchado, pero para mi nueva sorpresa nadie se asomó. Arme mi bicicleta, comprobé el aire y comencé mi “raund”. Subí y bajé lomas, algunas de ellas con cultivos, otras con robles incipientes que me daban mas ganas de llegar pronto a los Queules. Ya eran las 13; 30 y tenía planificado estar en la reserva como a la 14; 00, sin embargo, nada de reserva ni letreros que dieran algún atisbo de ella. Estacionado al lado del camino, un vehiculo con alguien tratando de solucionar un problema mecánico. Rápidamente saludé y le pregunté si el sabía algo de los Queules, él me dijo que jamás en su vida había escuchado de eso. Me pareció extraño que estando tan cerca no se supiera de este lugar. Le di las gracias y continué pedaleando. Y allí comenzaron mis problemas. El camino bifurcaba en dos. Lo peor es que ya eran las 14; 00 y no tenía tiempo de recorrer las bifurcaciones por igual. A mano derecha la costa y la carretera de la costa que seguramente me llevaría a Tregualemo. A mano izquierda la cordillera de la costa, llena de cuestas y caminos despoblados, quizás con más bifurcaciones. Mi instinto me decía que el camino más corto era por la cordillera. Pero arriesgarme a no encontrar los Queules era arruinar mi misión. Con mucha resignación decidí tomar el camino costero a toda velocidad. Pero antes de aplicar el segundo pedaleo observé un teléfono a la orilla del camino. Este sector se llamaba Vitacura, allí justo al lado del teléfono medio enterrado en el polvo; había una pequeña escuela con el mismo nombre. Vitacura fue un cacique que en la época de la conquista se mostró pacífico con Pedro de Valdivia y su intención de asentar Santiago en el lugar que hoy ocupa. Éste Vitacura a de haber sido otro, porque estaba muy lejos de santiago. Este dato, más los otros nombres como; Tregualemo, Curanipe, y Pelluhue, me hablaban del pasado indígena de la zona. Sin pensar más llamé a mi casa. Les conté donde estaba, lo que me esperaba y les dije que los quería mucho. Luego llamé a mi novia y le dije que talvez por la noche llegaría a su casa, pues me quedaba mucho más cerca que Curicó. Ella vivía en ese entonces en Linares. Me despedí, y continué en marcha, como dije tan rápido como mi cansancio me permitía. La carretera de la costa era excelente algunas, subidas pero con pavimento. Un gran puente indicaba que allí se encontraba el río Chovellen, que moría pocos metros a la derecha entre las olas del pacífico. Me llamo la atención tan gran puente para caudal tan estrecho y casi efímero. Sin duda se debía a lo accidentado de la geografía. El río era la mejor señal de que iba por buen camino. Luego del gran puente el camino tornaba en tierra. Me llamó mucho la atención que al lado de la ruta crecieran hermosas plantas de Nalca, que en el sur de Chile es usada para tapar el “curanto” (una comida típica de la isla de Chiloé). De vez en cuando aparecían frondosas arboledas muy verdes, que me recordaban que el lugar era muy húmedo. A veces tenía ganas de detenerme y estudiar qué especies componían estos vergeles. Pero de haberlo hecho hubiese perdido el escaso tiempo que tenía.




Mi idea era volver lo más temprano posible a Curanipe para tomar el último bus que regresaba a Cauquenes como a las 22; 00 aprox. luego de unas curvas y una gran bajada que me dejó casi a nivel del mar, apareció el caserío de Tregualemo.


Una “posta” (consultorio rural de salud) y algunas casas lo conformaban. El mar a espaldas del pueblo, de vez en cuando literalmente bramaba, parecía como si algo muy grande se quebrara por secciones. Las olas reventaban de tal forma que era un espectáculo impresionante. Comencé a rodar y pude ver una hacienda muy pintoresca, que ya había visto en alguna guía turística de la región. Seguí avanzando y decidí preguntar si alguien conocía la reserva. Esta era mi última esperanza porque ya eran las 14: 30. Finalmente de una casa que “crecía” al lado de un enorme ciprés una niña sale a atender mis gritos de “alo!!!”. Le pregunto si sabe cual es el camino que conduce a los Queules. Sonriente me dice que es el que esta solo un poco más allá, además agrega que van allí a menudo a recoger los frutos del buscado árbol. Di gracias a dios y le di las gracias a la niña, no sin antes preguntar a cuanta distancia esta el mentado lugar. Ella me dijo que su familia se iba caminando y que por ese medio estaba a una hora y media. Mi mente de “biker” acostumbrado a rodar cerros y cuestas anticipó de inmediato la victoria. Una hora y media a pie era como media hora de pedaleo. Así pues, sin esperar más, me propuse llegar a la reserva a más tardar las cuatro, tiempo suficiente para no fatigarme en el acenso (pues sabía que la reserva esta ubicada en un lugar bastante alto de los cerros de la costa), así me quedarían una dos horas antes de volver con dirección a curanipe.


Llegue al inicio del camino. Era un muy estrecho sendero apto para el uso forestal que comenzaba pasando un portón de fierro que estaba abierto, pero que indicaba que la huella era privada. El inicio era muy empinado, tanto que tuve mis dudas de si un vehiculo liviano y no apto para las condiciones todo terreno podría remontar su ángulo. Subí sin apuros. Desde la parte más alta se apreciaba el valle y las casas que bordeaban el camino costero. De entre las malezas del camino brotaban peumos, lingues y olivillos, a veces se podían ver “quitrales” (una especie de maleza arbórea) entre las hojas. Lo demás solo pinos plantados uno al lado del otro. Unos grandes otros pequeños. Luego otra subida, más pinos por aquí y por allá. A veces algún claro dejaba ver un cerro que por el frente llevaba algo de bosque nativo.
Allí comencé a tener mis dudas si este sendero era realmente el que me llevaría a los Queules. Seguí raudo, solo agachaba la cabeza y seguía pedaleando. Al cabo de hora y media, comprendí que sería mas difícil de lo que había imaginado. Luego, mas complicaciones; de la huella se desprendían otros senderos, algunas veces, estos parecían ser del mismo tamaño y tener el mismo uso de la huella principal. Esto me lleno de inseguridades. Tratar de identificar cual de los senderos era el realmente llevaba a la reserva se volvía cada vez más difícil. En un claro, tomé erróneamente un camino que comenzaba a bajar y terminaba, finamente, en otro espacio despejado, sin caminos.


Volví a subir y allí tome la decisión final. No me devolvería hasta encontrar la reserva, no importaba si era muy tarde. Seguí y luego de unas curvas y más pinos, un claro me recibió como de la nada. Este mostraba una huella mucho mas ancha, y se distinguían sin esfuerzo los grandes Hualos que como antiguos amigos me decían que todo iba bien.






Junto a los árboles alguien había colocado unas trampas de insectos. Por como estaban dispuestas y los materiales que las componían me di cuenta de que eran de alguna universidad o laboratorio. Eso era justo lo que buscaba, porque estas trampas no decían otra cosa más que; el lugar donde me encontraba albergaba gran cantidad de insectos, una diversidad que no es posible en los bosques artificiales de pinos en los alrededores. Por lo mismo debía estar muy cerca de la reserva. Al poco andar encontré el letrero que decía “hacia la torre”. Ya era oficial, la torre que nombraban era un lugar de vigilancia por posibles incendios forestales, de la cual vi algunas fotos en Internet. A muy poca distancia de allí mis frenos detuvieron a mi metálica compañera y, una fuerte sensación de satisfacción me envolvió: una cabaña y un letrero de CONAF designaban a ese lugar como la reserva de los Queules.


Luego del júbilo y de caminar un poco para sacar la foto del letrero, me dedique a ver como era la reserva. Mi primera impresión no fue lo que esperaba. Estaba absolutamente rodeada por pinos y su extensión era minúscula, comparada a otros lugares similares de la región. Es más, muy cerca de la cabaña de CONAF habían unos pinos que se confundían con los árboles nativos.
Llamé varias veces para ver si algún guarda parque salía a atenderme, pero nadie asomó por la puerta. Nadie, luego de más de 30 kilómetros, nadie luego de haberme casi perdido… nadie. Tal vez, mi calculo de viajar un día sábado no fue el más acertado, pero en mi situación (trabajando de lunes a viernes), era el día más sensato. De pronto me di cuenta de que un fuerte ruido se escuchaba a la distancia. Al principio parecía el motor de un vehículo disel. Luego un camión que aceleraba y desaceleraba. Finalmente, cuando los escasos pájaros dejaron un claro de silencio pude escuchar nítidamente el sonido de las olas del mar quebrándose a la distancia. Los cerros del lugar llevaban el sonido marino hacia la reserva.
Tomé mi bici enojado. Muchas cosas del viaje no habían salido como esperaba. Pero no por eso me detendría. Necesitaba fotografiar a los Queules. Necesitaba fotos de sus hojas, de sus emillas. Comencé a buscar una entrada a la reserva. Para mi sorpresa no había ninguna por el lugar que estaba la cabaña. Solo había algunos senderos que conducían a la espesura del bosque. Tenía que encontrar uno de esos caminos, que no fuera tan complejo como para perder la orientación pero que, a la vez, me llevara a un lugar donde poder encontrar algún ejemplar de Queule y sus frutos. Ese lugar debía ser cercano a algún curso de agua, pues esta especie de árbol vive en lugares húmedos. Rodé unos cuantos metros hacia el final de la reserva y encontré otros senderos. Dejé mi bicicleta camuflada y entré por la que a mi juicio era la más usada de las tenues huellas. Al internarme fueron apareciendo hermosos y gigantescos ejemplares de robles, olivillos y avellanos, una muy tupida vegetación rodeaba a algunos de esos árboles. Muchos copihues y enredaderas de todos los tipos. Grandes helechos…pero nada de Queules.












Dentro de mí, con el paso del tiempo un sentimiento de angustia comenzó a crecer. A medida que avanzaba más y más difícil se hacia el sendero. En un momento la pendiente hacía casi imposible bajar el cerro sin ayuda de pies y manos. Era suficiente. Tenía que volver ya eran las 17; 30 y no había encontrad nada. Que lastima, que decepción. En la oscuridad del bosque, un curicano tratando de encontrar la rara especie conocida como Queule.


Salí de la espesura. Desilusionado saqué a mi compañera del escondite en que la había dejado a la orilla del camino.
Decidí volver por el otro lado del camino pues, cuando estaba en el interior del bosque escuche a lo lejos, en dirección hacia los cerros; motosierras y una bocina como la de un bus o la que usa el panadero campesino, que reparte el pan llamando a sus clientes con el sonido de su particular bocina. Subí la ultima loma desde la que se apreciaba en algo la reserva, de pronto, un calor llenó mis venas, algo que sentía como una señal me decía que no debía desistir. Frene en seco. Volví la bicicleta y bajé hecho un rayo el tramo que me separaba de la cabaña de CONAF. Al llegar dije con todas mis fuerzas: Alo!!!. Nadie salio. Entonces comencé a buscar un nuevo sendero, esta vez por detrás de la cabaña. Tenía la idea de que los guardaparque debían tener una especie de acceso directo a los árboles que bautizaban la reserva. No era así, los senderos eran mucho más precarios que el que había intentado hace algunos minutos. Sin embargo al lado de la casa había una especie de vivero. En su interior, pequeñas plantas de Queule me saludaron con sus tiernas hojas.









Jamás había visto una planta o Árbol de Queule. Todo los que sabia de ellas era por Internet y los libros de árboles de la universidad. Sin embargo al verlas no tuve ninguna duda sobre su especie. Tal vez ellas me llamaban y no querían que me fuera sin verlas ni fotografiarlas.
Comprendí que ese lugar estaba destinado a reproducir las especies amenazadas características de la reserva. No muy lejos del vivero había una cama con tierra harneada y unas semillas verdes redondas a medio tapar. Dudé si se trataba de semillas de Queule. Podían ser de pitao (Pitavia punctata), que era otra especie que habitaba la zona.






No estaba seguro, así que para averiguarlo tomé diez y las guarde en una bolsa especial. No fue gran número para todas las otras que estaban dispuestas en la cama. Mi idea era llevarlas a la universidad y ver si allí las podían hacer germinar. Deje todo tal cual lo encontré y muy contento por este nuevo descubrimiento me retire velozmente en dirección hacia Tregualemo. Eran como las 18; 30. Me gusta pensar que nunca esos cerros costeros habían visto a un biker bajar tan rápidamente como yo ese día. Al llegar al plano de la aldea, me dirigí a la casona patronal que vi al llegar “temprano” ese día. Entre tranquilamente y unos perros casi me contagian la rabia de no ser por un rápido movimiento que interpuso la bici entre ellos y yo. Alguien salió de la casa. Extrañado me miraba como lo más raro que había visto en meses. Le pregunte si algún medio de transporte pasaba por esos lugares y respondió con una sonrisa casi burlesca “por acá solo vienen autos particulares y rara vez taxis desde Curanipe”. Lo sabía, pero debía asegurarme. Eran las 7; 00 de la tarde y el viaje de regreso sería cansado.
Comencé a subir los mismos cerros que me vieron llegar por la mañana. Lentamente y junto al mar se hacia de noche. Poco a poco la luz pasó a ser rojiza, indicando el atardecer. La temperatura de aquel frío día bajo más. Y pronto se hizo totalmente obscuro. Alcance a llegar al asfalto para entonces. De una de las casas ubicadas a la orilla de la carretera un anciano hombre contemplaba el atardecer. Me detuve cerca de él para pregunta lo mismo que en la casona. El me dijo que a veces pasaban colectivos o taxis desde Curanipe y que si esperaba podía pasar alguno. De hecho paso uno, pero no volvió. Luego de un rato conversando, me puse una tricota reflectante y seguí mi camino. Eran cerca de las 21: 00 y no se veía más que oscuridad y camino. De pronto apareció un paradero. Me detuve a descansar, más que nada porque la mínima luz me impedía transitar a un velocidad considerable. Nunca pensé en agregar a mi equipo una linterna de esas que se ponen en los cascos.
No importándome pasar la noche en la garita, estaba feliz de haber conocido la reserva y de llevar estas semillas. Nisiquiera el frío me preocupaba. A lo lejos, unas luces me indicaron que un vehiculo se acercaba en dirección hacia Curanipe. Sin pensarlo me puse de pie e hice con la mano el gesto de aventón. Era una pareja de ancianos que en su camioneta se dirigían al pueblo. Me dijeron que podía viajar en la parte trasera y rápidamente monte a mi compañera. Me senté lo más cómodo posible, muy cerca de la cabina y ellos comenzaron el viaje hacia el pueblo. Para mi sorpresa quedaban varios kilómetros antes de llegar siquiera a la entrada al aserio de Chovellen. Me sentí aliviado de no haber tenido que recorrerlos a oscuras.
Llegamos al pueblo. Bajé mi bici y les di las gracias a los ancianos. Rápidamente en mi bicicleta, fui al lugar donde los buses acostumbran estacionar, pero no había ninguno. En ese momento apareció un colectivo amarillo (rural) que decía Pelluhue. Le hice unas señales pero me dijo que tenía que ir a otro lado. Esperé otro, pero a los pocos minutos paso este señor devuelta y se detuvo para subir mi bici, fiel compañera. La subimos pero ella no entraba completamente en el maletero del auto. Entonces dejamos la rueda delantera la orquilla y la hoja semi colgando del maletero. El le puso una goma a la puerta para que no se abriera por el camino y partimos. Al poco andar el colectivo se lleno. Tuve que ceder el asiento delantero a una señora muy obesa. Un poco más allá un joven conocido de la señora hizo para el colectivo. Ella pregunto al chofer si se podía ir el joven con ella en el mismo asiento, él era delgado y “no crearía grandes complicaciones”. El chofer accedió. Al enfrentar una de las tantas subidas que separaba Pelluhue de Curanipe, el chofer no pudo pasar un cambio porque la señora bloqueaba con su cuerpo la palanca. El automóvil comenzó a perder velocidad y en eso un fuerte golpe sacudió el vehículo lanzándonos unos cuantos metros hacia delante en plena subida. Medio aturdido por el fuerte impacto y por los quejidos de la señora obesa, reaccione justo para darme cuenta de que el golpe había sido directamente en l parte trasera del auto, en el mismo lugar donde mi bicicleta colgaba por la mitad. Me imaginé mil cosas cuando vi que este gran vehiculo que nos había chocado se dirigía de nuevo a toda velocidad hacia nosotros. Una brusca maniobra lo desvió hacia el lado y continúo su recorrido hasta alcanzar la cima de la subida. Allí se detuvo como esperándonos. Bajé a ver en que condiciones quedo mi fiel amiga. Pude ver por la escasa luz que la rueda trasera parecía una papa frita corte americano y que la orquilla estaba destrozada. Lleno de rabia me subí al colectivo y le dije al chofer que fuéramos a aclarar el accidente. El asintió de inmediato y fuimos a hablar con el responsable. Al llegar a su vehículo yo estaba dispuesto a exigir que me pagar toda la bicicleta. Pero al ver al conductor me desconcerté. El tipo estaba tan ebrio que no sabía ni que le decíamos. En eso una ambulancia llego. Pensé que alguno de los pasajeros del colectivo la había llamado por el estado en que la señora obesa estaba. Sin embargo el supuesto paramédico prepotentemente comenzó a lanzarnos improperios y a decirnos que “su tío” pagaría todos los daños. Este mismo personaje nos dijo que fuéramos a la casa del ebrio para arreglar “a la buena” todo. Enojado subí al colectivo que por lo demás no tenía nada mas que unas marcas. La que peor suerte corrió fue mi bici. El colectivero me pidió permiso para que antes de ir fuéramos a dejar a los pasajeros. Yo no le podía decir que no, así que los fuimos a dejar y luego nos fuimos derechito a la casa de este hombrecillo. En el camino el chofer me contó que el tipo que nos había chocado era dueño de una barraca de madera y que no tendría dificultades económicas como para devolverme los arreglos de mi bici. Eran cerca de las 23; 00 de la noche cuando llegamos a su casa. Para mi sorpresa dos tipos altos y corpulentos salieron a nuestro encuentro, a punta de improperios querían hacernos desistir de cualquier cobro. Luego aparecieron la esposa del ebrio, la hija y un hijo más chico. Todos, más el ebrio: le pusieron precio a mi bici. Querían dejarla en Pelluhue, querían soldarla, querían darme 10.000 pesos. Yo dialogalmente les explique que era de muy lejos y que no la dejaría en ningún otro lado. Finalmente acepte 30.00 pesos que en ese minuto pensé serían suficientes para por lo menos arreglar la rueda. Pensaba comprar una nueva orquilla llegando a Curicó.





Al salir a la plaza ya daban la 23; 40. Le pregunte al colectivero si algún bus todavía viajaba a cauquenes, a lo que el hombre respondió que solo hasta las 02:00 de la madrugada. No estaba dispuesto a esperar otro bus en ese Pueblo. Le pague 8.000 para que me llevara a Cauquenes. Al llegar bajamos la bici y para mi sorpresa recién me vine a dar cuenta de que además de la orquilla y la rueda había pedido el marco. Esa fue la peor comprobación que pude hacer. Mi compañera en el ultimo servicio a su amigo, había entregado su vida completa para amortiguar el terrible impacto de la camioneta Ford del ebrio. Como no abrí el maletero al momento del choque solo ahora me percataba del horrendo espectáculo. El marco de aluminio se había quebrado y doblado en el interior del maletero.





No quedaba mucho por hacer. La satisfacción del viaje por lo menos aminoraba la gran perdida de mi bicicleta. Gasté lo que me quedó del dinero, del supuesto pago por los daños; en un lomito y los pasajes de bus desde Cauquenes a Parral y, desde allí a Linares.


No me arrepiento de esta aventura. Siento profundamente la perdida de la bicicleta, pero se que gracias a ella es que puedo contar esta historia, quijotesca por lo demás, pero, de eso y de la esencia de los sueños esta construida también nuestra vida.